Tengo nueve años, es verano y él acaba de morir por segunda vez. Ahí mismo, a menos de dos metros. Acompañado por Julia y por Javi que le dan la mano en su último suspiro. Mi hermana y mi prima pelirroja, sentadas a mi lado, andan con los ojos emborronados y sin decir palabra. Yo también guardo silencio. Me levanto y salgo de casa. Agarro la bicicleta por las orejas y pedaleo y pedaleo hasta que no me quedan más fuerzas que para tirarla contra la hierba. Arrastro la mirada hasta el cielo y observo cómo el Sol continúa latiendo pese al reciente fallecimiento de ese hombre. La bici entre las flores, el Sol en lo alto y él muerto. Y es que, a pesar de ser hoy el día indicado, no dejan de despeñarseme las lágrimas.
Regreso lentamente a casa con la certeza de que ya no estará allí, todo habrá pasado; son las cinco menos cuarto. Mi madre me riñe por no utilizar la pata de cabra, como siempre, pero enseguida mece una de sus manos y me revuelve un poco más los rizos. Ya, mi amor, me dice, sabíamos que esto iba a pasar. Y así es. Tras ella contemplo un enorme calendario con paisajes repletos de espuma y de mar. La fotografía que corresponde a Agosto está inundada de barcos diminutos que se llaman Pepita, Marisa II e incluso uno llamado Dorada. Jueves 16. Una fecha que mi hermana, mi prima pelirroja y yo habíamos encerrado en un enorme círculo rojo. Es hoy, le digo a mi madre y ella me abraza cómo sólo ella sabe hacerlo.
Cuando abandono su regazo mis amigos ya están en la calle. Se que están ahí. Pese a que esta tarde no rasgan con sus gritos la hora de la siesta se que ahí están, esperándome. Salgo con dirección a la plaza, nos miramos, mezclamos los ojos pero no hablamos. Un rato en silencio que se rompe por el tintineo de las canicas en los bolsillos. David se agacha y escarba un agujerillo en la tierra, se sacude el polvo de las manos, abandona una pelotita transparente en el foso, retrocede seis pasos y lanza hacia su derecha una bola de acero. Le miramos y continuamos callados. Alberto introduce otro cristalillo en el hoyo y lanza a su izquierda otra canica más grande. Falín y yo hurgamos en nuestros respectivos bolsillos e imitándoles da comienzo el juego. Los bolinches avanzan, la tarde rueda pero él ya no estará más entre nosotros. La partida es lenta y ni siquiera sabemos cuánto hemos ganado o perdido. Por vez primera en este verano tengo mis pantalones limpios cuando me llaman a arreglarme para el paseo familiar vespertino. Me ayudan a lavarme la cabeza y con un secador prueban a domarme la expresión. Así pareces bueno, me dicen
Camino al lado de mi padre. Mi hermana y mi madre nos siguen detrás. Coincidimos con mucha gente en la calle principal. Amigos míos y conocidos de mis padres. Al cruzarse, los niños no hablan, sólo se miran. Los padres sí, para ellos es un día normal. Incluso se toman su café con leche y su palmera de chocolate de todas las tardes. Mi hermana y yo no merendamos. Yo tampoco ceno hasta que dos pescozones me invitan a tomar una tortilla francesa antes de irme a la cama. Ya en la habitación mi hermana María me mira fijamente con sus bucles amarillos y se le empapan los ojos. Juan, me dice, me prometiste que este año Chanquete no iba a volver a morirse. No digo nada, apago la luz y aprieto muy pero que muy fuerte los labios. Hoy sé que éste hombre va a estar muriéndose durante toda su vida.
miércoles, 17 de septiembre de 2008
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